Roy Eugene Davis habla en su libro de meditar para apartarse de las sensaciones físicas y los procesos mentales "terrenales", es decir, no traigas las preocupaciones del día a la meditación, no dejes que las imágenes se crucen en tu mente. Nada de imaginar que la vecina jamona, que nunca te hizo ni puñetero caso, de repente te mira con ojos golosos y te propone que subas a su casa a arreglarle un grifo que gotea.
Nada de deseos ilusorios, ni elucubraciones fantasiosas. Nada de que algún santo gurú ya fallecido te visita mientras meditas para darte la combinación del sorteo de la Primitiva.
Lo que intenta explicar Davis es que debe tratarse de un deseo sincero por viajar hacia la divinidad cósmica (llámese Dios, o Creación, a gusto del creyente) con el único equipaje de la humildad cognoscitiva: concentrarse en tu tercer ojo, permanecer así imperturbable cada día más tiempo, cada mes, cada año, hasta merecer la unión con Dios, que no es otra cosa que autorrealizarte. Sin poses ni triunfos, ni presunciones delante de otros.
Bien, con esos palos fui construyendo mi sombrajo meditativo. Comencé, tras mes y medio, a meditar también por las mañanas, después de llevar a las niñas al cole. Sin embargo, no era lo mismo que por la noche, la cual sigo considerando la sesión principal.
¿Y qué sentía? Nada. Cerraba los ojos e inmediatamente veía lo más parecido a cuando se iba la señal en las tv antíguas el UHF, lo que en mi casa llamábamos de pequeños los anisillos. A continuación, se me aparecían sucesos e imágenes de todo tipo que trataba de espantar con mantras varios, con resultados inciertos, hasta que una noche percibí algo. ¿Cómo explicarlo?
Antes de ello, volver a las indicaciones de Eugene Davis, en el sentido de que una buena meditación precisa de una atención y una alerta que aquiete los sentidos y los dirija hacia un centro común. Se trata así de intentar percibir, por un lado, el sonido o vibración cósmica, el OM y, por el otro (si ha lugar) la visión de la luz de Rhada.
Yo ví algo, como un fogonazo de luz que al tiempo me traspuso momentáneamente la cabeza pero, no oí nada que no fuese el pitido que suelo tener en mi oído derecho, por los muchos años de juventud en que ponía música heavy a toda leche. Al ser consciente de ese algo, desapareció. Continué meditando (o sea, sentado, con la espalda y la cabeza rectas y los ojos cerrados) con la esperanza de repetir la epifanía, que no se produjo. Cuando los abrí, descubrí que habían pasado nada menos que 55 minutos desde el inicio, que se habían pasado como si nada, cuando lo más que solía durar eran unos 25 y con inquietud.
Esa noche me fui a la cama muy contento, como si un serafín celestial me hubiese rozado con sus alitas señalando el principio de una nueva vida. La esperanza había anidado por fin en mi atribulado intelecto.
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