martes, 17 de junio de 2014

Un viaje muy largo para un camino tan corto

El título del post de hoy resume lo que, por el momento, supone la meditación para mí. Todo lo que he leído al respecto habla de una búsqueda de lo divino, de unirse al cosmos y ser uno con la creación misma, tec (algunos lo llaman Dios).

Mi primera conclusión es que se trata de abrir puertas hacia el interior de uno mismo. Es una especie de gimnasia espiritual que nos enseña a entrenar para realizar etapas que terminen por encontrarnos a nosotros mismos. Por eso mismo, la meditación no es simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar por las ensoñaciones más o menos imaginativas, no. Representa una búsqueda concreta desde  algo que nos resulta intangible. Por eso los maestros llaman oscuridad al estado del que se inicia: el nivel de desorientación es gigantesco al principio.

Yo me encuentro aún en ese estado de confusión y desorientación. Al cabo de 5 meses de meditación no percibo el OM, ni se me aparece la luminosidad de Rhada. Tengo días mejores y otros malos. Desde luego, si el fin de semana he bebido alcohol, la meditación se me hace insoportable, no me permite concentrarme en absoluto.

Otra cosa: tras tres meses meditando, empezó a ocurrirme algo que sigue pasando, una subida de calor tremenda. Ultimamente, la profusión de sudor es tal que debo secarme la cara en mitad de la sesión. ¿Kundalini? Tal vez.

En el siguiente escrito, hablaré de lo que es el Kundalini. Por hoy sólo me queda decir que tengo la sensación de haber recorrido muy poco en mi camino hacia la supraconciencia, el Yo causal y todo eso que se proclama en el Kriya Yoga.

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