Estoy muy bajo de moral últimamente. He reducido el tiempo de meditación a sólo 20 minutos cada noche. Además, ahora se ponen a jugar al fútbol a esa misma hora unos niñatos en la plazoleta donde vivo y me joden la concentración. Por supuesto que, llamar a la policía no sirve de nada: estamos en Andalucia.
Bueno, el caso es que ya ni siento el Om ni veo la luz divina ni nada. Lo único que se me viene a la mente cuando medito (debería decir mejor: cuando trato de meditar) son los problemas que me tienen todo el día deprimido, que no son otros que la falta de trabajo y de ingresos.
En los libros de kriya yoga que leí, se asegura que, si uno alcanza cierto nivel en la meditación, las necesidades y los deseos sanos se cumplen con sencillez y simplicidad. También dicen que la propia psicología se va trasformando en beneficio de uno mismo, en el sentido de despertar el intelecto, la empatía y, una mejora general social. En mi caso, nada de eso ha ocurrido. Sigo siendo el mismo gilipollas de hace unos meses, cuando empecé a meditar. Sigo teniendo los mismos traumas, miedos y frustraciones. La negatividad de mi vida no me ha abandonado sino, más bien, se ha acentuado.
¿Será que lo hago mal, como todo en mi vida?¿Será que no existe la supraconciencia ni el yo causal que pregonan los sats gurús?¿Serán éstos unos iluminados a los que les falta poco menos que un tornillo? No creo. Me parece que el problema está en mí pero, como no tengo a nadie al lado, no sé cómo salir del pozo.
Me siento incapaz de salir de este maldito karma que me tiene aprisionado toda mi existencia. Mi desesperación es enloquecedora, no sé qué hacer. Creo que quiero morirme y ya está.
Reflexiones acerca de mis inicios en la práctica del Kriya Yoga, sin ir a sesiones, con lo puesto y, lo justo, para ver qué pasa.
sábado, 12 de julio de 2014
martes, 17 de junio de 2014
Un viaje muy largo para un camino tan corto
El título del post de hoy resume lo que, por el momento, supone la meditación para mí. Todo lo que he leído al respecto habla de una búsqueda de lo divino, de unirse al cosmos y ser uno con la creación misma, tec (algunos lo llaman Dios).
Mi primera conclusión es que se trata de abrir puertas hacia el interior de uno mismo. Es una especie de gimnasia espiritual que nos enseña a entrenar para realizar etapas que terminen por encontrarnos a nosotros mismos. Por eso mismo, la meditación no es simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar por las ensoñaciones más o menos imaginativas, no. Representa una búsqueda concreta desde algo que nos resulta intangible. Por eso los maestros llaman oscuridad al estado del que se inicia: el nivel de desorientación es gigantesco al principio.
Yo me encuentro aún en ese estado de confusión y desorientación. Al cabo de 5 meses de meditación no percibo el OM, ni se me aparece la luminosidad de Rhada. Tengo días mejores y otros malos. Desde luego, si el fin de semana he bebido alcohol, la meditación se me hace insoportable, no me permite concentrarme en absoluto.
Otra cosa: tras tres meses meditando, empezó a ocurrirme algo que sigue pasando, una subida de calor tremenda. Ultimamente, la profusión de sudor es tal que debo secarme la cara en mitad de la sesión. ¿Kundalini? Tal vez.
En el siguiente escrito, hablaré de lo que es el Kundalini. Por hoy sólo me queda decir que tengo la sensación de haber recorrido muy poco en mi camino hacia la supraconciencia, el Yo causal y todo eso que se proclama en el Kriya Yoga.
martes, 10 de junio de 2014
Grandes sat-gurús del Kriya Yoga
Aquí tenemos una representación de Babaji, reiniciador de las técnicas olvidadas del Kriya Yoga, con rostro andrógino. En todas partes se cuenta que vive joven de manera permanente desde hace siglos. Yo ni lo creo y dejo de creerlo. Un buen día, se apareció a Lahiri Mahasayi y le dijo que era el elegido para aprender dichas enseñnzas.
He aquí al simpático Lahiri Mahasayi, quien aprendió de Babaji todos los secretos del Kriya Yoga en unos meses, convirtiéndose en la máxima autoridad en la India. Fue a su vez maestro de l,os padres de Yogananda y, lo más importante, de Sri Yukteswar. Al parecer, era tan bonachón como aparece en la foto. Podía permanecer en esa postura largas horas, sin apenas mantener sus más básicas pulsaciones de vida.
Sri Yukteswar, maestro de Yogananda Parhamansa, con quien aparece en la foto, gran swami y estudioso de la religión, escribió un tratado que asemeja el cristianismo con el Yoga, llamado "La Ciencia Sagrada", donde analiza y describe estados y pasos desde la oscuridad del karma chungo en su camino hacia la luz salvadora. Un personaje particularmente atrayente, de porte regio, muy elegante de hechuras y de rostro.
Y este encorbatado personaje es Roy Eugene Davis, autor de "Siete lecciones para vivir conscdientemente". Fue discípulo de Yogananda allá en California, cuando Roy tenía apenas 18 años. Así que lleva toda su vida con esto del yoga. Su libro es menos evocador que el de su gurú, pero más práctico y menos "bíblico", si se me permite la expresión.
Buscando el OM
Recapitulando: Después de casi dos meses de meditación con el método del Kriya Yoga, sin acudir a ningún centro al efecto, ví una explosión de lucecitas y sentí algo parecido a un orgasmo mental. ¿Sugestión? Puede ser. Los días siguientes también estuve casi una hora meditando y alcanzando esa especie de cumbre lumínica con acompañamiento de placidez.
Pensé que lo había logrado en tiempo récord: había alcanzado la supraconciencia, yo solito. En breve, la gente me sonreiría por la calle como el que ve a un carismático famoso. Todo el mundo vería el aura sobre la mi cabeza y se me haría un hueco en el espacio de las personas exitosas.
Nada de eso. Todo seguía igual. Sin trabajo, sin ser más inteligente ni intuitivo. Las cajeras del supermercado con la misma cara de seto, la misma mirada de fracasado frente al espejo. Es más, me daba la sensación de que lo que me estaba ocurriendo era que me estaba aislando del mundo exterior; que sólo me sentía invulnerable y protegido cuando estaba en la cuna de la meditación y luego, hablando con los demás, me costaba hasta expresarme con soltura.
¿Qué opinará de esto el maestro Roy Eugene Davis?, pensé. Así que continué con la lectura de su libro: amigo, la prisa no se corresponde con el Yoga. Su propio maestro, Yogananda, le indicó que, tras uno o dos años de práctica fiel y sincera, empezaría a notar los cambios en su psicología. ¡Yo solo llevaba dos meses y ya quería ser como el gran sat-gurú Lahiri Mahasaya! Humildad, tesón, vuelta a empezar.
Paulatinamente, iba descendiendo los minutos de cada sesión. Y además, no volví a experimentar la visión luminosa. Así que me dediqué a buscar dentro de mí el OM, como diría Sri Yukteswar: " la Voz, un sonido peculiar que golpea. Dicha Voz es la Vibración Cósmica, el Verbo, el Amén." Si uno no es capaz de percibir esa corriente sagrada y ser uno con ella, no progresará en el Kriya Yoga.
Y seguía sin oír nada que no fuera mi propio pitido interior. Una noche, se produjo una subida paulatina de un bombeo que atronaba en mi cabeza y se iba, volvía y se iba. ¿Será esto el OM? Pensé que no. Ya me había ocurrido algo semejante cuando estaba cansado o alterado por algo en algún episodio de mi vida. Sin embargo, ahora lo experimentaba en un estado de total calma. Era extraño, sin embargo, estaba convencido de que no era el OM, entre otras cosas, porque venía y se iba y no producía ninguna sensación de acercamiento a la Verdad ni narices.
Y así pasó otro mes, sin pena ni gloria.
jueves, 5 de junio de 2014
Pautas iniciales meditatorias
Roy Eugene Davis habla en su libro de meditar para apartarse de las sensaciones físicas y los procesos mentales "terrenales", es decir, no traigas las preocupaciones del día a la meditación, no dejes que las imágenes se crucen en tu mente. Nada de imaginar que la vecina jamona, que nunca te hizo ni puñetero caso, de repente te mira con ojos golosos y te propone que subas a su casa a arreglarle un grifo que gotea.
Nada de deseos ilusorios, ni elucubraciones fantasiosas. Nada de que algún santo gurú ya fallecido te visita mientras meditas para darte la combinación del sorteo de la Primitiva.
Lo que intenta explicar Davis es que debe tratarse de un deseo sincero por viajar hacia la divinidad cósmica (llámese Dios, o Creación, a gusto del creyente) con el único equipaje de la humildad cognoscitiva: concentrarse en tu tercer ojo, permanecer así imperturbable cada día más tiempo, cada mes, cada año, hasta merecer la unión con Dios, que no es otra cosa que autorrealizarte. Sin poses ni triunfos, ni presunciones delante de otros.
Bien, con esos palos fui construyendo mi sombrajo meditativo. Comencé, tras mes y medio, a meditar también por las mañanas, después de llevar a las niñas al cole. Sin embargo, no era lo mismo que por la noche, la cual sigo considerando la sesión principal.
¿Y qué sentía? Nada. Cerraba los ojos e inmediatamente veía lo más parecido a cuando se iba la señal en las tv antíguas el UHF, lo que en mi casa llamábamos de pequeños los anisillos. A continuación, se me aparecían sucesos e imágenes de todo tipo que trataba de espantar con mantras varios, con resultados inciertos, hasta que una noche percibí algo. ¿Cómo explicarlo?
Antes de ello, volver a las indicaciones de Eugene Davis, en el sentido de que una buena meditación precisa de una atención y una alerta que aquiete los sentidos y los dirija hacia un centro común. Se trata así de intentar percibir, por un lado, el sonido o vibración cósmica, el OM y, por el otro (si ha lugar) la visión de la luz de Rhada.
Yo ví algo, como un fogonazo de luz que al tiempo me traspuso momentáneamente la cabeza pero, no oí nada que no fuese el pitido que suelo tener en mi oído derecho, por los muchos años de juventud en que ponía música heavy a toda leche. Al ser consciente de ese algo, desapareció. Continué meditando (o sea, sentado, con la espalda y la cabeza rectas y los ojos cerrados) con la esperanza de repetir la epifanía, que no se produjo. Cuando los abrí, descubrí que habían pasado nada menos que 55 minutos desde el inicio, que se habían pasado como si nada, cuando lo más que solía durar eran unos 25 y con inquietud.
Esa noche me fui a la cama muy contento, como si un serafín celestial me hubiese rozado con sus alitas señalando el principio de una nueva vida. La esperanza había anidado por fin en mi atribulado intelecto.
martes, 3 de junio de 2014
Cómo comencé a practicar la meditación.
En Internet encontré multitud de páginas dedicadas más bien al asunto de las posturas que a la meditación propiamente dicha. Mucho rollo tántrico, mucha filosofía del bienestar espiritual y todo eso. No me convencía, parecía puro escapismo, autosugestión superlativa, aunque seguro que me equivocaba.
En esto, que descubro el libro " Siete lecciones para vivir conscientemente" de Roy Eugene Davis, discípulo directo de Yogananda . Ahí se describe cómo meditar, de una manera sencilla, sin reliarse las piernas entre los muslos ni ponerse música al efecto.
Así que, una noche de invierno de 2014, cuando todos en casa estaban durmiendo, comencé a practicar kriya yoga. Me senté en una silla del salón-comedor, descalzo, la espalda y la cabeza rectas, las manos entrelazadas al estilo Sri Yukteswar, maestro directo de Yogananda Pahramansa, apagué la luz y, respiré por la nariz.
Por supuesto, a los 30 segundos me preguntaba si lo estaba haciendo correctamente. A los 40 segundos tenía en mente todo lo ocurrido meses, incluso años, todas imágenes negativas. A los 2 minutos me encontraba tan agobiado por el peso de los recuerdos sobre mi fracaso que salían lágrimas como piscinas de los ojos cerrados. Persistí en el intento. Roy decía en el libro que si te salías de la concentración te venía muy bien recitar un mantra. Un mantra es una palabra o frase clave para reconducirte a la meditación. Se suelen utilizar términos como paz, amor, etc. Yo usé energía, luz y, un sin fin más que no recuerdo. No dejaba de conversar conmigo mismo mientras miraba la oscuridad de mis párpados dentro de una estancia a ocuras.
Y así pasaron unos 30 minutos. El caso es que cuando abrí los ojos, me sentía de alguna manera aliviado. Lo atribuí a que no había hecho otra cosa que autoanalizar mi poco exitoso periplo por la vida hasta el momento presente, como si estuviese en el sofá de un sicoanalista. Los días siguientes fueron similares. Pero, a decir verdad, no tenía nada que perder y, desde luego, no parecía hacerme mal alguno el hecho de sentarme cada noche un rato con los ojos cerrados intentando mirar hacia mi interior más profundo.
Continuando con la lectura del libro de Roy Eugene Davis, advertí algunas claves que mejorarían la práctica de la meditación. Pero eso, lo contaré pronto.
En esto, que descubro el libro " Siete lecciones para vivir conscientemente" de Roy Eugene Davis, discípulo directo de Yogananda . Ahí se describe cómo meditar, de una manera sencilla, sin reliarse las piernas entre los muslos ni ponerse música al efecto.
Así que, una noche de invierno de 2014, cuando todos en casa estaban durmiendo, comencé a practicar kriya yoga. Me senté en una silla del salón-comedor, descalzo, la espalda y la cabeza rectas, las manos entrelazadas al estilo Sri Yukteswar, maestro directo de Yogananda Pahramansa, apagué la luz y, respiré por la nariz.
Por supuesto, a los 30 segundos me preguntaba si lo estaba haciendo correctamente. A los 40 segundos tenía en mente todo lo ocurrido meses, incluso años, todas imágenes negativas. A los 2 minutos me encontraba tan agobiado por el peso de los recuerdos sobre mi fracaso que salían lágrimas como piscinas de los ojos cerrados. Persistí en el intento. Roy decía en el libro que si te salías de la concentración te venía muy bien recitar un mantra. Un mantra es una palabra o frase clave para reconducirte a la meditación. Se suelen utilizar términos como paz, amor, etc. Yo usé energía, luz y, un sin fin más que no recuerdo. No dejaba de conversar conmigo mismo mientras miraba la oscuridad de mis párpados dentro de una estancia a ocuras.
Y así pasaron unos 30 minutos. El caso es que cuando abrí los ojos, me sentía de alguna manera aliviado. Lo atribuí a que no había hecho otra cosa que autoanalizar mi poco exitoso periplo por la vida hasta el momento presente, como si estuviese en el sofá de un sicoanalista. Los días siguientes fueron similares. Pero, a decir verdad, no tenía nada que perder y, desde luego, no parecía hacerme mal alguno el hecho de sentarme cada noche un rato con los ojos cerrados intentando mirar hacia mi interior más profundo.
Continuando con la lectura del libro de Roy Eugene Davis, advertí algunas claves que mejorarían la práctica de la meditación. Pero eso, lo contaré pronto.
sábado, 8 de marzo de 2014
Todo empezó el 8 de enero de 2014
Quizá antes. Pero el 8 de enero de este año fue concluyente: me decían en el despacho que ya no podían pagarme, que me podía quedar trabajando gratis si quería. Una mierda, me dije yo, trabajar gratis, perder la poca dignidad que me queda, con la porquería que estabas pagando hasta ahora.
Soy abogado. Ejerzo desde hace 3 años en Marbella. En este tiempo sólo he visto ratas de alcantarilla, hienas humanas y tiburones con michelines. Clientes asquerosos, que te exigen como si fuese culpa tuya que les hayan detenido por traficar, robar o lesionar, que no pagan. Compañeros de la profesión que son capaces de regalarte a su madre para quitarte el cliente (el asqueroso también les vale). Muchas manos que se estrechan, sonrisas forzadas y, cierto dolor en la espalda, producto de puñaladas constantes.
Con esto quiero decir que mi vida profesional no me llenaba en absoluto, pero iba tirando. Me sentía como un pobre diablo que le debía mi existencia a todo el mundo: a mi jefe por el trabajo, al cliente, por dignarse a tratar conmigo, al del camión de al lado, por no atropellarme, etc.
Y en esto, mi despido.
Así que me fui a mi casa a mirar las paredes del salón y a beber cerveza, a ver si se me ocurría algo. Lo único que pasó es que pronto afloraron las putas lágrimas y el cuero cabelludo se me encogió de pena. Con 50 años cumplidos, dónde vas a ir. Eres un fracasado, me repetía mi lloroso yo. La última mierda que cagó una mosca.
Y así varios días.
En esto que cayó en mis manos la autobiografía de Yogananda Parahmansa. Al principio me dije, qué tendrá que contar este señor con aspecto de mujer feliz. Pero, a medida que iba leyendo, me atrapó con su impecable estilo. No sé si realmente fue escrito por él o si tuvo una serie de colaboradores al respecto pero, estaba muy bien escrito. Y me sumergí en su tranquilo mundo de búsqueda como el que sin darse cuenta va entrando plácidamente en el mar una calurosa tarde de verano.
Cuando terminé el libro, me dije: yo quiero ser capaz de alcanzar, al menos parte de lo que este hombre ha logrado. Quiero que mi vida cambie. Quiero dejar de ser un pelele de mí mismo y, sobre todo de los demás. Quiero practicar el Kriya Yoga. Pero, cómo. Mi desconfianza hacia quien imparte en el mundo occidental estos cursos es enorme, se acomodan a la moda imperante y te sacan la pasta con la escusa de renovar tus chakras.
Así que me metí a investigar por internet.
(Continuará)
Soy abogado. Ejerzo desde hace 3 años en Marbella. En este tiempo sólo he visto ratas de alcantarilla, hienas humanas y tiburones con michelines. Clientes asquerosos, que te exigen como si fuese culpa tuya que les hayan detenido por traficar, robar o lesionar, que no pagan. Compañeros de la profesión que son capaces de regalarte a su madre para quitarte el cliente (el asqueroso también les vale). Muchas manos que se estrechan, sonrisas forzadas y, cierto dolor en la espalda, producto de puñaladas constantes.
Con esto quiero decir que mi vida profesional no me llenaba en absoluto, pero iba tirando. Me sentía como un pobre diablo que le debía mi existencia a todo el mundo: a mi jefe por el trabajo, al cliente, por dignarse a tratar conmigo, al del camión de al lado, por no atropellarme, etc.
Y en esto, mi despido.
Así que me fui a mi casa a mirar las paredes del salón y a beber cerveza, a ver si se me ocurría algo. Lo único que pasó es que pronto afloraron las putas lágrimas y el cuero cabelludo se me encogió de pena. Con 50 años cumplidos, dónde vas a ir. Eres un fracasado, me repetía mi lloroso yo. La última mierda que cagó una mosca.
Y así varios días.
En esto que cayó en mis manos la autobiografía de Yogananda Parahmansa. Al principio me dije, qué tendrá que contar este señor con aspecto de mujer feliz. Pero, a medida que iba leyendo, me atrapó con su impecable estilo. No sé si realmente fue escrito por él o si tuvo una serie de colaboradores al respecto pero, estaba muy bien escrito. Y me sumergí en su tranquilo mundo de búsqueda como el que sin darse cuenta va entrando plácidamente en el mar una calurosa tarde de verano.
Cuando terminé el libro, me dije: yo quiero ser capaz de alcanzar, al menos parte de lo que este hombre ha logrado. Quiero que mi vida cambie. Quiero dejar de ser un pelele de mí mismo y, sobre todo de los demás. Quiero practicar el Kriya Yoga. Pero, cómo. Mi desconfianza hacia quien imparte en el mundo occidental estos cursos es enorme, se acomodan a la moda imperante y te sacan la pasta con la escusa de renovar tus chakras.
Así que me metí a investigar por internet.
(Continuará)
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